Es 19 de diciembre y el maravilloso relato publicado en este sitio por el periodista Sergio Pinto es el que reseña la historia detrás de uno de los cuentos más conocidos del autor Roberto Fontanarrosa sirve de buen pretexto para recordarle a él, sus escritos y sus pasiones. 

  

Roberto Fontanarrosa fue, sin duda, parte de esa hinchada que ayer, hoy y siempre aplaude y saluda jubilosa al campeón de cien jornadas victoriosas, valiente triunfador que orgullo inspira y el querido ‘Negro’  (de esa forma le llamaban los que le conocieron) supo vestir con orgullo y fidelidad casi religiosos el símbolo auriazul que florece y resplandece como un sol. Fontarrosa fue Rosario Central y Central fue Fontanarrosa por siempre unidos en el salto y el canto acompañando esos compases cuando el primer equipo auriazul pisaba la grama del Gigante de Arroyito, estadio mundialista que se empina majestuoso a orillas del río Paraná.

 

Fontanarrosa no pudo ni quiso restarse al sentimiento que miles de rosarinos comparten, el amor a esos colores los de Rosario Central que es uno de los equipos más antiguos del fútbol argentino con sus 118 años de vida institucional. Se dice con ferviente seguridad que los inicios del club fueron los talleres del ferrocarril y, por lo tanto, sus primeros partidarios eran entre los humildes operarios del riel y los hombres sin un muy buen pasar ni dinero ni suerte hallados bajo los puentes ferroviarios, nobles verduleros, cochambrosas prostitutas, laburantes del puerto y marginales. Se dice también que, por eso, el indómito rosarino Ernesto “Ché” Guevara era hincha del club porque simpatizaba, obviamente, con la causa del pueblo, confrontado con el origen exclusive y oligarca del otro club de la ciudad, Newell’s Old Boys, el rival eterno, nacido en un colegio privado inglés de acceso restringido. 

 

Una entre muchas cosas a notar es que Fontanarrosa no fue uno de esos que le faltaron el respeto a sus ‘primos y rivales’ de Ñuls. Como el tipo de gran corazón que era para él un partido de futbol era la vida misma pero no algo que justificase amargarle la vida al contrario. Un buen ejemplo de estos postulados y las conecciones que Fontanarrosa hace entre el fútbol la estética y la ética es el cuento Viejo con árbol del que a continuación se reproducen algunos párrafos:

 

'—Vea usted —el viejo señaló ahora hacia el arco contrario, al que estaba por llegar un córner— el relumbrón intenso de las camisetas nuestras, amarillo cadmio y una veladura naranja por el sudor. El contraste con el azul de Prusia de las camisetas rivales, el casi violeta cardenalicio que asume también ese azul por la transpiración, los vivos blancos como trazos alocados. Las manchas ágiles ocres, pardas y sepias y Siena de los mulos, vivaces, dignas de un Bacon. Entrecierre los ojos y aprécielo así... Bueno... Eso, eso es la pintura.

 

Aún estaba el Soda con los ojos entrecerrados cuando al viejo arreció.

 

—Observe, observe usted esa carrera intensa entre el delantero de ellos y el cuatro nuestro. El salto al unísono, el giro en el aire, la voltereta elástica, el braceo amplio en busca del equilibrio... Bueno... Eso, eso es la danza...

 

El Soda procuraba estimular sus sentidos, pero sólo veía que los rivales se venían con todo, porfiados, y que la pelota no se alejaba del área defendida por De León.

 

—Y escuche usted, escuche usted... —lo acicateó el viejo, curvando con una mano el pabellón de la misma oreja donde había tenido el auricular de la radio y entusiasmado tal vez al encontrar, por fin, un interlocutor válido—... la percusión grave de la pelota cuando bota contra el piso, el chasquido de la suela de los botines sobre el césped, el fuelle quedo de la respiración agitada, el coro desparejo de los gritos, las órdenes, los alertas, los insultos de los muchachos y el pitazo agudo del referí... Bueno... Eso, eso es la música...

 

El Soda aprobó con la cabeza. Los muchachos no iban a creerle cuando él les contara aquella charla insólita con el viejo, luego del partido, si es que les quedaba algo de ánimo, porque la derrota se cernía sobre ellos como un ave oscura e implacable.

 

—Y vea usted a ese delantero... —señaló ahora el viejo, casi metiéndose en la cancha, algo más alterado—... ese delantero de ellos que se revuelca por el suelo como si lo hubiese picado una tarántula, mesándose exageradamente los cabellos, distorsionando el rostro, bramando falsamente de dolor, reclamando histriónicamente justicia... Bueno... Eso, eso es el teatro...'

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